
¿Cuál es la funcionalidad de las clasificaciones sociales? ¿Por qué el hombre tiende a catalogar su medio? ¿Qué relaciones se entablan, mediante este proceso, con nuestra experiencia social y cotidiana?
Existe una lógica inconsciente (“espíritu”) de carácter universal que rige a todos los hombres, sin importar las distancias culturales, espaciales o temporales.
Esta lógica no es otra que el pensamiento clasificatorio. Es decir, la lógica de la “puesta en orden”.
El pensamiento humano, desde sus inicios, trabajó sobre el universo –el mundo que nos rodea-.
Ello es así porque el universo es nuestro objeto de pensamiento y conocimiento y para poder aprehenderlo hemos de ser capaces de ordenarlo.
Una vez que el intelecto se introduce en el cuadro, el hombre deja de ser simplemente una criatura de necesidades primarias.
El punto a resaltar sería que el principal objetivo de estas clasificaciones apunta a permitirnos percibir la realidad de una manera clara y descifrable.
Nos encontramos en una lucha constante contra el desorden y el caos, encontrando su solución en las clasificaciones sistemáticas, en la puesta en orden de la naturaleza y el mundo, en la reducción del caos.
El caos se presenta como todo lo que no es clasificable y por lo tanto no entra en ningún orden de categorías reconocidas. Se lo considera contradictorio, impuro, sucio y contaminante. El concepto de polución es una reacción de las personas para proteger lo “conocido” (la unidad, la perfección, la integridad, lo puro. En fin, todo lo asequible al pensamiento y a la comprensión). Todo lo que genera confusión (lo ambiguo, lo que no es claro) es tomado como algo imperfecto que se encuentra en oposición a lo “racional”.
Toda cultura se enfrenta al caos. El caos es la no significación y, por lo tanto, el fin último de todo pensamiento es, siempre, descubrir un ordenamiento posible de la realidad dada, para que ésta pueda ser penetrable (ya que se presenta como caótica). Las clasificaciones dotan de sentido y crean el objeto de conocimiento haciéndolo accesible a nuestro sistema cognitivo.
En el mundo social se introduce un orden a partir del establecimiento de clasificaciones y diferenciaciones. La idea es no dejar escapar a ningún ser u objeto, a fin de asignarle un lugar en una clase. No mezclar las cosas y que todo se mantenga en un orden que respete la lógica de las taxonomías: “cada cosa en su lugar”. Todo aquello que no se pueda catalogar (que no pertenezca a ninguna categoría) y que no se encuentre en el lugar que le corresponde se lo considera indefinible –y por lo tanto, carente de significado e ininteligible-. De esta manera se establecen “límites”.
Por intermedio de estos “agrupamientos” se puede introducir un comienzo de orden en el universo siendo su objetivo la reducción del caos a partir de la organización y de la explotación reflexiva del mundo sensible: no se deja escapar a ningún ser, objeto o aspecto, a fin de asignarle un posicionamiento en la estructura social.
En el marco cultural, la creación de estas categorías de ordenamiento va de la mano con los procesos de construcción de las identidades sociales al funcionar como escenarios de asociación y diferenciación.
Las identidades se construyen relacional y simbólicamente en función a determinados marcos referenciales (cultura, nación, etnia, género, música).
Las categorías taxonómicas generan discursos que, al interpelar a los sujetos sociales, permite la construcción de espacios simbólicos de identificación.
El acceso –aceptación o rechazo- a estos discursos implica acceder a un modo particular de experimentar el mundo, que se traduce en adscripciones y distinciones identitarias.
Así, estas “etiquetas” sociales –que funcionan tanto como referentes identitarios y discursos generadores de sentido- confieren a sus portadores el efecto de una identificación a través de la introducción de marcas y distintivos, dando como resultado lo que se denominan “comunidades imaginadas”. En su conformación, el sujeto es libre de elegir, proyectar e idealizar un mundo de pertenencia –una fusión, una incorporación a determinadas estructuras de orden simbólico a través de las cuales se organiza la vida-.
Partimos de la idea que los sujetos se conforman a través de prácticas discursivas. El enfoque discursivo nos permite pensar a la identificación como una “construcción” nunca terminada, que siempre está en “proceso”. No está determinada, ya que siempre es posible sostenerla o abandonarla. En este sentido, la identificación es “condicional”.
La teoría discursiva nos permite explicar la construcción de las identidades sociales desde dos enfoques: 1) Los discursos convocan al sujeto mediante la interpelación. La función interpelativa procede de las significaciones que los sujetos asignen a los discursos -el sujeto negocia con ellos-. Los diversos mensajes culturales que evoquen los discursos le servirán a gente diferente para construir sus propias identidades en diferentes situaciones de la vida cotidiana. Dependerá, en gran medida, de cómo cada sujeto interprete y reformule dichos discursos- 2) La narratividad es capaz de construir nuestra identidad. El “yo” es un producto de la narración y no puede comprenderse sino como discurso -“narrativización del yo”-. La identidad, de acuerdo a este lineamiento, no se fundaría en ninguna esencia “continua”, sino en los significados siempre cambiantes que le otorguemos a nuestras vidas a partir de las narraciones que nosotros mismos hagamos de nuestra cotidianeidad –biografía-. La teoría de la narratividad propone una posición relativista al asumir al sujeto como un actor en el centro de la creación de significaciones simbólicas. El sujeto se construye a partir de discursos a los cuales les otorga una significación. Los significados son construidos a partir de la propia experiencia del receptor conduciéndolo a la conformación de una subjetividad particular.
El concepto de identidad es, por tanto, estratégico y posicional –condicional-. Este concepto de identidad no refiere a un sujeto estable que, de principio a fin, se desenvuelve sin cambios a lo largo de su vida. Las identidades se nos aparecen como construidas a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes; están sujetas a la historicidad. Y, por lo tanto, a un constante proceso de cambio y transformación en el cual nos “representan” y nos “representamos”. La identidad, así esbozada, se constituye dentro de la representación y no fuera de ella.
En el carácter de “condicionalidad” propio de la identidad, se perpetúa la “diferencia”, a partir de la cual se producirá un efecto de fusión/fisión de múltiples subjetividades. Es decir, la identificación –en tanto práctica significativa- se encuentra sometida al juego de la diferencia porque obedece a la lógica del “más de uno”. En tanto proceso, entraña un trabajo discursivo: se demarcan los límites simbólicos al producirse un “efecto de frontera”. Ello es así porque para poder constituirse ha de necesitar un “afuera” –un afuera constitutivo-. La identidad se construye a través de la diferencia, no al margen de ella. Sólo puede construirse a través de la relación con el “otro” –la relación con lo que no es, con su afuera constitutivo-. A lo largo de sus trayectorias, las identidades pueden funcionar como puntos de identificación y adhesión sólo debido a su capacidad de excluir y ordenar.
La identidad no es fundada a priori ni estática, sino que es eminentemente negociable y revocable y estará determinada por las decisiones de cada individuo. Es una construcción que se pone en juego en y a través de la temporalidad, la cotidianeidad y las historias de vida específicas y particulares de cada individuo. La identidad es relacional –de acuerdo a los posicionamientos estructurales donde nos encontremos-, referencial –en oposición a un “otro”- y subjetiva. Esta idea es compatible con una visión dinámica de la identidad. La identidad como proceso funciona como un juego de espejos lingüísticos: puede combinar de un modo polisémico los significantes con los que fue construida al punto de que su propia definición “originaria” cambia de acuerdo con la conciencia histórica y la experiencia social de quien se pone en contacto con ella; se abre a la posibilidad de reinterpretación y, en consecuencia, de transformación. No se trata de una estructura de significado que se resiste al tiempo sino que conjuga constantemente una pluralidad de significados, que emana a partir del horizonte específico en que nos situemos para relacionarlos con ella.
En conclusión, la necesidad de categorizar el mundo social está determinada por la condición inherente al pensamiento humano de otorgarle un orden –y consecuentemente un sentido- al universo que lo rodea y en el cual se desenvuelve.
Las clasificaciones nos abren la posibilidad de comprendernos a nosotros mismos y a los “otros” constitutivos; de situarnos en determinados discursos que nos interpelan y que nos llaman constantemente a preguntarnos “¿quiénes somos?”, “¿dónde estamos parados?”. La aceptación o rechazo, así como la significación e interpretación que se le asigne a estos discursos, dependerá, en última instancia, de las decisiones de cada individuo a la hora de conformar su identidad en sus propios términos.
La “puesta en orden” no es otra cosa que el lugar donde nos encontremos situados –por decisión propia-. No nos pre-determina, porque juega el papel de un discurso. Y todo discurso es factible de ser leído de diversas y múltiples maneras –polifónicamente-. El lugar que ocupemos en la estructura social definirá nuestro “ser en el mundo” –nuestro orden simbólico de identificación y pensamiento-, pero nunca de una manera fijada y a priori.
Así como las clasificaciones son el resultado del pensamiento humano, sus significaciones lo serán de igual manera. Porque el mundo que habitamos es un mundo estrictamente social, en el sentido que ha sido construido a partir de determinados sistemas simbólicos y culturales que nos permiten comprenderlo. Pero, paralelamente, los seres humanos -en tanto sujetos y actores sociales- también realizan una (re)interpretación de aquellas construcciones simbólicas, re-significándolas y otorgándoles nuevos sentidos.
Si entendemos que las etiquetas no nos condicionan de manera pura y estática, sino que nosotros mismos somos actores de su propia dinámica y significación, también podremos llegar a entender que hay sujetos que siguen en busca de su propia conformación. Se encuentran en un proceso de conocimiento y aceptación en el cual el “caos” –la no definición- es el pasaje necesario al “orden”.
NATALIA MAZZANTI
Licenciada en Ciencias Antropológicas
Facultad de Filosofía y Letras
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